lunes, 22 de junio de 2015

Jab Tak Hai Jaan: así que pasen diez años




Hace unos días comentaba en Twitter que estaba con ganas de ver un dramón, una historia de amor de esas más grandes que la propia vida. Me apetecía pegarme una llantina, sufrir mucho y luego terminar con los lagrimales limpitos, limpitos. Y con el corazón contento.


El caso es que me puse a mirar por Internet y di con Jab Tak Hai Jaan (Te amaré hasta la muerte es el título que le han dado para su distribución en países de habla hispana), de la que no había oído hablar gran cosa. Pero conociendo un poco el estilo de Yash Chopra (que murió poco antes de poder acabar la película) y después del magnífico sabor de boca que Veer-Zaara me dejó, era la candidata ideal. Verla podía ser un tributo y era casi una obligación.


La película cumple todos los requisitos: es una gran historia de amor, de las que traspasan el tiempo y las fronteras. Está protagonizada por el galán por excelencia, nuestro Shah-Rukh Khan, que una vez más logra encarnar al hombre perfecto, al héroe total. Las localizaciones son magníficas y la factura técnica está más que conseguida, con unos paisajes preciosos. Y sin embargo, el filme no funciona, ni engancha ni emociona. Así que intentaré analizar por qué.


El argumento de partida es el siguiente: Akira Rai (Anushka Sharma), una intrépida periodista novel del Discovery Channel, lee por casualidad el diario de "el hombre que nunca muere", Samar Anand, que ha desactivado casi cien bombas durante su carrera en el ejército. Gracias a ese testimonio descubrimos que, diez años antes, Samar estaba buscándose la vida con pequeños trabajos en Londres, donde conoció a Meera Thapar (Katrina Kaif), una joven estudiante de clase alta a punto de casarse, de la que quedó irremediablemente enamorado. Pero su historia era imposible y, Samar, enfadado con el mundo, ahora desafía a Dios jugándose la vida en cada misión. Akira decide contar su historia en un documental y pasa unas semanas siguiendo al mayor y a su compañía en el norte del país.


Para comenzar, la protagonista femenina, Meera, la mujer que roba el corazón a Samar cuando no es más que un joven emigrante intentando abrirse camino, está interpretada por una actriz que no me convence nada. Katrina Kaif es preciosa, sí, pero he visto lombrices con mayor expresividad que ella. Además, se ha puesto dos butifarras a modo de labios que le impiden cerrar la boca y eso, quieras que no, distrae. Baila bien y lleva el vestuario con elegancia (no en vano es modelo), pero es que, para más inri, su personaje es uno de los más tontos que he visto últimamente. Ella desencadena todo el conflicto de la forma más absurda que te puedas imaginar y hace que toda la primera mitad de la película sea un poco ridícula. Además, su química con Khan, por increíble que parezca, es nula, lo cual tiene delito si tenemos en cuenta que la tercera en discordia es Anushka Sharma. Hay momentos en la peli en que realmente deseas que Samar se dé cuenta de que Akira vale mucho más que su antagonista y que con ella formaría una pareja mucho mejor. Como ya demostraron en Rab Ne Bana Di Jodi, entre ellos sí que surge la chispa...


Evidentemente no soy de las que buscan verosimilitud en las películas de Bollywood (un día tengo que hablar por aquí de Chori Chori Chupke Chupke, la peli que me enganchó por primera vez al cine de Bollywood, y que buena, lo que se dice buena, no es ni siquiera para los parámetros indios). Si quisiera realismo y coherencia, vería cine de arte y ensayo, pero es que aquí tenemos momentos de casi vergüenza ajena. Ya en la primera escena vemos a Samar salvando a Akira de morir ahogada porque el agua del lago al que se ha lanzado de cabeza está muy fría (sí, en serio), pero no llegamos a saber cómo ha llegado a la roca desde la que se tira al agua... Es evidente que de algún modo tenía que acabar Akira en posesión del diario de Samar (que está en el abrigo con que la arropa después de salvarla), pero la escena me parece un poco tomada por los pelos y solo me cuadra como product placement de Puma (otro día hablamos de lo entrañable que resulta esta técnica en las pelis indias). Por no hablar de La Promesa, de que en diez años la protagonista no cambia ni de corte de pelo, de la amnesia o de la policía de Londres, que no duda en dejar que un tipo desconocido se acerque a una mochila-bomba...


La banda sonora corre a cargo de A. R. Rahman, el Mozart de Madrás, al que no hace falta ni presentar. Pese a su fama y sus galardones, o quizá precisamente por eso, yo estoy empezando a cogerle un poquitín de manía. Aquí presenta el típico pop-fusión-pastiche blandito que caracteriza a sus bandas sonoras más recientes. Si acaso, destacaría únicamente el tema Heer Heer, que a su vez es un ejemplo perfecto de los gustos de Rahman (por  cierto, aunque las bandas sonoras de Yash Raj no suelen estar en Spotify, este tema concretamente sí que se puede escuchar ahí).


Parece mentira que con unos ingredientes como estos, con uno de los mejores directores de la industria, un guionista de probadísima eficacia, un actor protagonista que arrasa, el compositor más galardonado del país y unas localizaciones preciosas (tanto en Londres como en Cachemira) haya salido un producto tan insulso. Según leo, la peli gozó de éxito internacional tras su estreno en 2012, pero tan solo unos años después parece que ya nadie se acuerda de ella. Y, si dependiese de mí, ahí seguiría. Una pena de oportunidad desaprovechada.








martes, 16 de junio de 2015

My Mad Fat Diary: yo lo que quiero es ser normal



Rae es mordaz, atrevida, valiente, dulce, bella… En su cabeza. Por dentro tiene todo un mundo que compartir. Por fuera… Por fuera tiene un cuerpo que causa rechazo, burlas, pena, incomprensión.


Si la adolescencia ya es difícil en sí, para Rachel Earl (magníficamente interpretada por Sharon Rooney) es un auténtica tortura, que le ha llevado a autolesionarse y a tener que pasar cuatro meses internada en una clínica. Ahora, una vez fuera, vuelven los miedos, la inseguridad, el peligro a la recaída… 


He devorado las dos primeras temporadas de My Mad Fat Diary (basado en el libro autobiográfico My Mad Fat Teenage Diary) en apenas una semana. Yo, que normalmente huyo de las series de adolescentes, me he enganchado a las pequeñas desventuras de esta muchacha de dieciséis años, que nos cuenta en primera persona su lucha constante por ser normal. Porque los demás la acepten y, aún más difícil, por aceptarse a sí misma.


Podríamos decir que la historia de Rae es la otra cara de la moneda de Miranda. Mientras que la humorista, ya adulta, ha asumido sus imperfecciones, se ríe de sí misma y nos invita a hacerlo con ella en una comedia pura, Rae tiene aún todo ese camino que recorrer y la serie, que es más un drama con toques cómicos (y cada vez menos cómica a medida que avanza), no escatima esfuerzos en mostrarnos con crudeza (y con un enorme respeto) todos los obstáculos a los que va a tener que enfrentarse. Y los peores, aunque no los únicos, están en su propia cabeza.


Sin ser una serie perfecta, hay muchas cosas que me gustan de My Mad Fat Diary. Para empezar, y como suele ser habitual en las series británicas, ofrece verdad. Su sinceridad a veces llega a ser descarnada. Los jóvenes de esta serie no están edulcorados e incluso se hace gala de cierto feísmo que resulta de agradecer. Aquí no hay dentaduras blanquísimas ni pieles perfectas, no se afea a propósito a los actores ni se les victimiza, basta con acercar la cámara o dejarles hablar. La comedia es agridulce y te hace pasar de la risa a la mueca en cuestión de instantes.


El dolor de Rae resulta creíble, entiendes por qué acaba cayendo y dándose un nuevo atracón de comida. Entiendes por qué intenta alejarse de los que la quieren. Entiendes por qué está enfadada con el mundo. Pero también entiendes la incomprensión de su madre, centrada en su propia vida. Entiendes por qué no se escuchan, por qué se gritan y se lanzan reproches, y a la vez por qué no pueden vivir la una sin la otra. Hasta entiendes por qué Rae ha podido terminar así… 


El resto de personajes, como Kester o los miembros de la pandilla, están más desdibujados, y creo que eso es un error, aunque poco a poco se va desvelando algo de sus vidas. El penúltimo episodio de la segunda temporada me parece clave a este respecto, además de un paso fundamental en el camino de Rae, y uno de los más conseguidos de la serie, pero no quiero revelar nada. Esa sinceridad en el retrato también hace que comprendamos su postura, sus aciertos y sus fallos. Todos son humanos y nada es blanco o negro.


La primera temporada consta de seis episodios y la segunda, de siete. En apenas una hora, con una estética adolescente muy particular, acompañamos a Rae a su terapia, al instituto, a su casa, a los bares... La serie arranca en el verano de 1996 y la música desempeña un papel importante, con una banda sonora magnífica y muy reconocible (aquí la banda sonora de la primera temporada y aquí la de la segunda), especialmente si perteneces a la generación de los protagonistas, como es mi caso. 


En definitiva, estoy deseando que comience la tercera temporada, que regresa esta misma semana, y ponerme al día de las vicisitudes de la gran Rae y sus amigos. No dudo en recomendar la serie: no hace falta haber pasado por los problemas de la protagonista para disfrutar de esta comedia dramática porque, al fin y al cabo, la adolescencia es una montaña rusa de sentimientos y un calvario universal.




lunes, 9 de marzo de 2015

Hindsight: segundas oportunidades




Hoy me apetece hablaros de otra de esas series que debemos de ver yo y otros tres gatos. De hecho, ni siquiera hay menciones de ella en The AV Club. Se trata de la última incursión de la cadena VH1 en el mundo de las series. ¿VH1? Sí, ese canal de vídeos musicales que nació en los ochenta como alternativa a la MTV, y al que normalmente no te acercarías ni con un palo.



El caso es que el canal ha sabido aprovechar el corpus musical y la ola nostálgica que nos invade para ofrecernos una serie maluza, pero perfecta para echar el rato: Hindsight. Y yo, que tengo un imán para la broza seriéfila, tenía que darle una oportunidad. Después de los episodios vistos (la primera temporada termina esta semana), mi veredicto es que sus cuarenta y cinco minutitos son perfectos para desconectar un rato después de comer. Eso sí, prohibido buscarle más de lo que da o darle demasiadas vueltas al asunto. Que para eso ya tenemos otras series con más enjundia.



Para empezar, observemos lo "original" de su premisa: Becca Brady (Laura Ramsey), a sus cuarenta y pocos, está a punto de casarse por segunda vez con el hijo de unos amigos de sus padres, a los que conoce de toda la vida. La víspera de la boda empieza a tener dudas sobre los fracasos y los errores que la han llevado hasta donde se encuentra en la actualidad, ya sea en su primer matrimonio, en su trabajo o la relación con su mejor amiga, Lolly (Sarah Goldberg), con quien no habla desde hace una década. Y, hete aquí que, de repente, regresa a 1995, al día de su primera boda, por lo que tiene una nueva oportunidad de corregir sus errores.


Es verdad que, hasta ahora al menos, no acabamos de entender muy bien cómo o por qué ha viajado al pasado, pero hay un personaje algo misterioso que podría darnos la clave (probablemente al finalizar la temporada, para dejarnos con un buen cliffhanger). Y, permitidme el comentario frívolo, pero estos personajes deben de tener un pacto con el diablo para ser los que mejor envejecen del mundo, porque quitando el maquillaje y la forma de vestir, tienen exactamente la misma cara y el mismo cuerpo en 2015 que en el 1995. Y ya os digo yo que eso sí que es un misterio...


Por cierto, al igual que sucedía con Outlander, no es una serie sobre viajes en el tiempo, aunque sea esto lo que desencadena la historia. Al contrario, la protagonista no sabe si corre el riesgo de volver al presente ni cómo podría hacerlo y hasta ahora, casi toda la trama se ha desarrollado en 1995 (solo algún flashback nos lleva a recuerdos de la protagonista en el futuro). Y, aunque supongo que Becca podría haber aprovechado mejor los conocimientos actuales para hacerse rica, salvar el mundo o algo así, sí que es cierto que, en lo profesional, su experiencia parece que va a resultarle muy útil. En lo personal no va a ser tan sencillo.  


La serie, supuestamente dramática, se basa en dos pilares fundamentales. Por un lado, tenemos el culebrón ligero, con una Becca que quiere hacer esta vez las cosas mejor, pero cuyas acciones modificadas tienen nuevas consecuencias y ramificaciones que no siempre son las que ella desea (el efecto mariposa mil veces mencionado en otras series; la última, hace solo unos días en El Ministerio del Tiempo). Con el conocimiento que le da la experiencia vivida, juega con una supuesta ventaja, pero las decisiones que toma resultan en muchos casos egoístas e incomprensibles para quienes la rodean, empezando por el que ya no es su primer marido, Sean, y el que ya no será el segundo, Andy. Y Becca también sabe que la cosas no iban a funcionar demasiado bien entre su hermano menor Jamie y su amiga Lolly, por lo que intenta que la relación acabe.


El otro pilar de la serie sería el tan de moda elemento nostálgico: Becca vuelve a 1995 y, teniendo en cuenta que, como ya hemos dicho, la VH1 es un canal musical, uno de los elementos fuertes es la banda sonora, con todos los grandes éxitos del pop-rock de la época, de Alanis Morrisette a The Cranberries. Y con una imprescindible lista de spotify incluida. La serie sabe de sobra a quién va dirigida, y son frecuentes los chistes y las referencias, desde AOL hasta el uso de los buscas. O Friends.


La música, claro, pero también la ropa y las propias actitudes de los protagonistas, todo nos lleva de vuelta a nuestra adolescencia. Es como si, de repente, estuviéramos viendo una secuela de Reality Bites (imposible no recordarla al escuchar a Lisa Loeb en uno de los episodios). Y, por qué no, quizá nos hace plantearnos lo mismo que la protagonista, qué habría sucedido si hubiéramos tomado otras decisiones... Y lo bueno es que, viendo cómo se las apaña Becca, quizá lleguemos a la conclusión de que las decisiones que tomamos fueron las mejores y que, pese a que nuestra memoria a veces nos engañe, cualquier tiempo pasado no fue necesariamente mejor.




martes, 3 de marzo de 2015

Borgen: todo por ¿la patria?



Hace ya algunos años, ante mi incapacidad de comprender algunas actitudes que se daban a mi alrededor, una amiga muy querida (y un poco cínica) me venía a decir algo así como "hay muy pocas cosas que muevan a los hombres, básicamente tres: sexo, dinero y poder".


Yo, que oscilo peligrosamente entre el cinismo y la candidez, sigo pensando que no, que las personas buscamos otras cosas. Pero series como Borgen parecen empeñarse en dar la razón a mi amiga. Y seguro que ella me diría ago así como "¿ves? si yo siempre digo la verdad"...


Empecemos por lo básico: Borgen (que vendría a traducirse como "el castillo") toma su título del nombre oficioso que se le da al palacio de Christianborg, sede de los tres poderes en la capital danesa. 


Allí es donde se desarrolla casi toda la trama de la serie, que arranca cuando Birgitte Nyborg (con una interpretación adulta y contenida de Sidse Babett Knudsen), líder del partido De Moderate asume el cargo de primera ministra, rompiendo con el bipartidismo en una coalición con la izquierda y los verdes. A lo largo de la primera temporada vemos cómo se desarrollan los juegos de poder entre los representantes de los distintos partidos. Al mismo tiempo, somos testigos del papel que desempeña la prensa, representada por el canal TV1. Tanto los partidos como el canal son ficticios, pero se basan en la realidad del país nórdico.


En ambos frentes, lo profesional afecta a lo personal más de lo que hubiéramos podido imaginar. Y ahí reside gran parte del interés de la serie. Desde una austeridad casi fría, vemos relaciones que se crean y se destruyen. Amistades y carreras profesionales que evolucionan, no necesariamente para bien. Personas que, casi de forma inconsciente, utilizan a los demás. ¿Por un bien superior? ¿Acaso hay algo superior que la propia persona? ¿El qué? ¿El bien común? ¿La verdad? ¿Qué verdad?


La primera ministra evoluciona y eso afecta a su familia y a sus relaciones con los demás. La Birgitte que nos sorprende con su entereza en los primeros episodios no es la misma que vemos proponer un pacto a su marido en la final de temporada. El poder (ya sea político o mediático) ejerce un atractivo casi incomprensible, que se lleva por delante ideales, amistades y, si te descuidas, hasta la salud. Toda naturalidad desaparece, cada palabra y cada movimiento están perfectamente medidos en su efecto y en su alcance para, según el caso, generar la simpatía del votante. O para minimizar los daños.


Otra cosa que sorprende y supongo que esto se debe a nuestra propia realidad española es el respeto que demuestran al servicio público. Eso hace que se enfrentan a algunos problemas con una seriedad que a nosotros, cuando menos, nos sorprende. Como española, resulta increíble que el uso de la tarjeta oficial para un pago puntual pueda costarle el cargo a un político. También parece poco verosímil que alguien se plantee renunciar a un puesto en la empresa privada porque choque con los intereses políticos de su pareja.


También resulta muy interesante ver qué tiene que decir la serie sobre el papel de la mujer. No en vano, dos de sus principales protagonistas son la propia primera ministra y la joven y ambiciosa Katrine Fønsmark (Birgitte Hjort Sørensen), presentadora y entrevistadora el canal TV1. Ambas tienen que abrirse camino en un entorno predominantemente masculino (y así se refleja, sobre todo, en el vestuario de la propia Birgitte). Mientras veía la serie no podía dejar de preguntarme si el conflicto de conciliación familiar que se le plantea a la señora Nyborg habría sido igual y se habría resuelto de la misma forma si fuera su marido quien hubiera llegado a las más altas cotas de poder. Sinceramente, creo que no. Y resulta doloroso que en un país tan avanzado como Dinamarca sigan funcionando así las cosas (¡qué difícil no plagar esto de spoilers!). Sin embargo, también es de agradecer que la serie sea mucho más que la historia de una "mujer política".


Acabada la primera temporada, me alegro de haber dado una oportunidad a la serie. Después de las recomendaciones, las expectativas estaban tan altas que era difícil que se alcanzaran. Pero hay que reconocer que da ganas de leer sobre política y actualidad del país (¿incorporarán algunas de las noticias que se han visto últimamente en los medios internacionales?). Y de hecho, pese a todo el cinismo y la desolación que a menudo permea la serie, casi parece un entorno político "sano" (sano pero dentro de lo creíble, que esto no es The West Wing) y da ganas de volver a interesarse por la cosa pública. Qué lejos nos queda Dinamarca, ¿verdad?




lunes, 23 de febrero de 2015

Girlfriends' Guide to Divorce: la evolución lógica



Hoy toca hablar de otra de esas series que parece que no ve nadie más que yo, pero que creo que podría tener su público. Si a los treinta eras fan de Carry Bradshaw y buscabas al príncipe azul, puede que a los cuarenta estés cansada y lo que necesites es hacerte amiga de Abby y su pandilla de alegres divorciadas.


Empecemos por lo obvio: Gilfriends' Guide to Divorce no va a entrar en el canon de la ficción televisiva. Mala, mala no es, pero tampoco es una gran serie. Y puede que ahí resida su interés. En su intrascendencia, en situarse en esa tierra de nadie ideal para pasar el rato, sin levantar ampollas ni plantear preguntas incómodas. Su drama no resulta especialmente doloroso, aunque hay lágrimas, y su comedia es más de sonrisa que de carcajada. No es un culebrón, pero los temas de pareja son fundamentales. Y tampoco es un análisis concienzudo de la búsqueda de uno mismo o del empoderamiento de la mujer. Pero lo que podía ser una rémora creo que es un acierto.


Girlfriends Guide to Divorce es una adaptación de la serie de libros homónima de Vicky Iovine, modelo, exchica Playboy, abogada y madre de cuatro hijos. En esta producción de la cadena Bravo (en su primera incursión en la ficción propia), Lisa Edelstein (la inolvidable doctora Cuddy de House) es Abby MacCarthy, una escritora de libros prácticos y de autoayuda sobre familia y maternidad. La serie arranca cuando nuestra protagonista, en plena promoción de su último lanzamiento, tiene que enfrentarse a su separación, algo aparentemente incompatible con lo que sus propios libros plantean. Así, la autora tiene que hacer frente a la "mentira pública" en la que vivía y encontrar un nuevo camino, tanto personal como dentro de su profesión. Por suerte, puede contar con sus amigas, que también han pasado o están en medio de situaciones similares: Phoebe, una exmodelo metida a diseñadora de joyas; Lyla, abogada con importantes problemas de convivencia con su exmarido y sus hijos; Jo, amiga de la universidad que está pasando una temporada con su hija en la casa de Abby; y Delia, colega de Lyla en el bufete, abogada agresiva que oculta un pasado del que no se siente orgullosa.


Como ya he dicho, aunque se tocan ligeramente otros temas, de lo que trata principalmente la serie es de cómo Abby tiene que lidiar con su separación de Jake, director de cine que lleva varios años en el dique seco y que, en plena crisis de la mediana edad, va por Los Ángeles con un Porsche y tiene una relación con una actriz bastante más joven que él. En la serie somos testigos de sus tira y afloja (probablemente lo más interesante, y un acierto que el personaje de Jake tenga entidad y protagonismo, y no sea simplemente "el villano"), de la búsqueda de una nueva identidad por parte de Abby, de la educación de sus dos hijos, la posibilidad de un nuevo amor, la necesidad de reactivar su carrera como escritora ahora que la estructura que fundamentaba sus libros se ha derrumbado... El resto de personajes no están especialmente dibujados, pero Abby y Jake me gustan mucho y Lisa Edelstein tiene un caramelito entre manos. La serie ya está renovada para una segunda temporada, así que ahora que la primera temporada está acabando, quizá sea un buen momento para echarle un vistazo.


La serie no busca ser rompedora ni especialmente inteligente. Pero consigue sus objetivos con creces: supongo que quien se encuentre en una situación similar a la de la protagonista, podrá identificarse más y sentir mayor empatía, pero para el resto, resulta ligera y entretenida. Señoras blancas, guapas y de clase alta, en una edad difícil, de las que se van de compras cuando les baja la moral y que siempre se tendrán unas a las otras, aunque solo sea para tomar un gintonic y hablar de cómo les va con sus nuevos novietes. No podíamos esperar menos de la cadena cuya estrella son las Real Houswives de Beverly Hills. Por último, si véis la serie puede que os resulte curioso saber que una de las productoras, junto a la propia Iovine, es Marti Noxon, que también fue guionista y productora de Buffy, la cazavampiros. El guiño que Girlfriends hace a la serie me parece muy gracioso.




miércoles, 4 de febrero de 2015

Aventuras en el ensayo técnico






Estas semanas están teniendo lugar los ensayos técnicos previos a los desfiles del Carnaval de Río de Janeiro. Una de mis amigas, cuyo marido toca percusión en varias escuelas de samba, me invitó a ir con ella a disfrutar de uno de estos ensayos y no podía dejar escapar la oportunidad. Os cuento.




Aquí el carnaval se va cocinando a fuego lento durante todo el año. En las escuelas de samba se celebra una suerte de concurso interno para elegir la samba-enredo (se denomina así a la samba con una letra acorde al tema que la escuela ha elegido para el desfile) que los representará en el sambódromo. Se trata de un tema musical circular, ya que debe repetirse durante todo el tiempo que dure el desfile (según las bases del concurso, un máximo de ¡82 minutos!).



Por cierto, las bases del concurso de sambas en este templo del carnaval carioca son bastante extensas y complicadas, con nueve categorías o "quesitos" y cuatro jueces por cada una de ellas. Por ejemplo, se juzga la calidad de la samba-enredo, las carrozas alegóricas, los disfraces a juego, la armonía de todo el conjunto y la batería, que es el cuerpo de percusión de la escuela de samba y el verdadero corazón musical del desfile, ya que con la distancia es casi lo único que se escucha. Además, es el primer criterio de desempate.


El caso es que me fui al sambódromo, al que es muy fácil de llegar tanto en autobús (GoogleMaps es tu mejor aliado para mirar recorridos y horarios de bus en Río) como en metro (apenas diez minutos desde la estación Central do Brasil y algo menos desde Praça Onze). Lo malo de los ensayos técnicos es que no hay carrozas ni los grupos llevan el disfraz temático, aunque sí van uniformados. Lo bueno es que la entrada es gratuita y, visto los precios prohibitivos de las entradas, creo que en los ensayos es donde están los cariocas de a a pie (sí, si compras a través de la Liesa, en los días concretos en que venden las entradas, la cosa cambia, pero yo soy una guiri tonta que no lo sabía, y las agencias de viajes se aprovechan bien; ahora las entradas rondan los 150-200 euros por cabeza).





Como mi amiga me llamó a última hora diciéndome que no iba a poder venir, tenía dos posibilidades, volverme a mi casa o comprarle una cerveza a uno de los cientos de vendedores ambulantes que recorrían el graderío (recomendación práctica, hay que llevar un cartón, periódico o similar para colocarlo entre el hormigón sucísimo de las gradas y nuestro lindo trasero) y disfrutar del espectáculo sola. Y ya que estaba allí... Una de las cosas maravillosas de los brasileños es que rápidamente te acogen y terminé bailando con un grupo que había alquilado un minibús para venirse desde Petrópolis a ver el ensayo técnico. Que al mismo tiempo compartía sándwiches y cervezas con otro grupo familiar que había al lado. Porque aquí la gente viene de pícnic, queridos. Mayores, niños, neveras de plástico, cajas de corcho. Todo vale. El toque de realidad lo pusieron unos chavalines de, como máximo, ocho o nueve años que se afanaban entre los asistentes, recogiendo las latas y vasos que íbamos dejando. ¿Os he dicho que Brasil es campeona de reciclaje? ¿En un país en el que no se separan los residuos domésticos? Otro día os lo cuento...


El domingo ensayaban tres de las escuelas del Grupo Especial, que viene siendo algo así como la primera división de las escuelas de samba: Ilha, Portela (mi favorita, con un homenaje a los 450 años de la ciudad) y Salgueiro. Además, llevo más de un mes bailando sus sambas en las clases del gimnasio, así que casi no me hizo falta el cuadernillo que repartían en la entrada del sambódromo, con las letras de las canciones para que acompañes sin problemas a tu escuela favorita. Aunque me lo traje de recuerdo.


Seguro que ya sabéis que el sambódromo, en teoría, no es más que un sistema de gradas de hormigón a lo largo de algo más de 500 metros de la calle Marqués de Sapucaí. Pero es mucho más que eso. Para empezar porque su diseño corresponde al gran arquitecto brasileño Óscar Niemeyer. Y eso eleva y dignifica una construcción en la que la economía de las formas se somete plenamente a la función. El problema, que solo una mínima parte de las plazas disponibles están cubiertas. Y el domingo nos cayó el diluvio universal encima.


Las lluvias en Europa no son como aquí. Salvo excepciones, en España la lluvia es fría, constante. Aquí la lluvia es salvaje y torrencial. Caliente y agresiva. Y con un aparato eléctrico que deja víctimas mortales. Y entre el desfile de la Ilha y el de Portela, mientras hacíamos cola para ir al baño, se desató un tormentón. Entre eso y que ya eran las diez de la noche, se me acabó la fiesta. Con mis pintas de Miss Camiseta Mojada 2015 y el chapoteo de las zapatillas, lo que más me apetecía era agarrar un taxi (aquí hay tantos uruguayos y argentinos, que mejor evitar lo de "coger un taxi" y no es un mito, que realmente se ríen de ti), pero no hubo suerte. Lo bueno es que en el metro, camino de la zona sur, todos íbamos pingando... Y ya sabéis que mal de muchos...


El caso es que durante casi dos horas fuimos felices, en una comunión con un graderío repleto de gente totalmente entregada a la samba. En primer lugar salió la batería, hizo un pequeño recorrido y luego retrocedió para dar paso a la escuela con sus carros alegóricos (en este caso, unos carteles anunciando dónde irían las carrozas, no olvidemos que esto no era más que un ensayo), sus reinas, los distintos grupos de la escuela, etc. Casi ni me reconozco, pero tengo ganas de más. Tengo muchas ganas de Carnaval.



lunes, 2 de febrero de 2015

Transparent: conócete a ti mismo



Bueno, pues hoy, a pesar de la falta de tiempo, me apetece dejarme caer por aquí para hablar de otra serie que he devorado en nada. Ya sé que llego tarde a la fiesta, pero así se la recuerdo a quienes (dudo que) la hayan olvidado.


La verdad es que cuando se empezó a hablar de Transparent en los blogs de series, me echó un poco para atrás la temática. ¿Qué iba a ser? ¿Una crítica social? ¿Una defensa de la diferencia? ¿Una nueva vuelta de tuerca a la familia disfuncional americana? Luego empezaron a llegar los reconocimientos, los premios y a mí me seguía dando pereza ponerme con ella...


No fue hasta terminar la estupenda Mozart in the Jungle (de la que tengo que hablar también por aquí, aunque resumiendo mucho diré: ¡no os la perdáis! ¡la realidad siempre supera a la ficción!) que me dije "me gusta el estilo Amazon a la hora de hacer series, habrá que darle una oportunidad a Jeffrey Tambor. Al fin y al cabo, ¡es Jeffrey Tambor!)" Y cuánto me alegro de haberlo hecho.


Como seguramente ya sabe todo el mundo, al menos si se está mínimante interesado por las series, Amazon se ha lanzado a la producción de su propia ficción y los episodios se pueden comprar de forma muy sencilla. Además, algunos pilotos están disponibles de forma gratuita, así que no tenemos excusa. En cuanto al argumento, es el siguiente: Morty Pfeffermann (J. Tambor) es un profesor de universidad jubilado que decide hacer pública su condición de transexual. Esto lógicamente afecta a su relación con quienes le rodean y, especialmente, con sus tres hijos adultos. 


Efectivamente, aunque es rápido de resumir, podría costarnos comprender los efectos que una bomba de esas características puede tener para el propio protagonista y su familia, que para empezar ya muy normal no es que fuera. Pero la serie lo consigue. Con creces. Lo interesante de esta apuesta de Amazon, que a la sazón sirvió de abanderada del gigante de Internet, es que, a pesar de la omnipresencia de Morty/Maura, los conflictos son externos a la propia Maura (que ya nos muestra durante una serie de flashbacks que nos llevan a los noventa cómo empezó su camino de autonocimiento) y esta "salida del armario" no es más que el detonante de algo que quizá ya estaba por llegar para el resto de personajes. 


La serie es valiente, sobre todo porque es capaz de tratar temas muy espinosos, desde la transexualidad o el divorcio hasta la eutanasia, con una delicadeza y un respeto encomiables. Sí, sus personajes son excéntricos y, en algún caso, inadaptados, pero están tratados con un gran cariño y una enorme empatía. El egoísmo de los hijos, con una agenda propia, bastante perdidos en una vida demasiado fácil y con unas actitudes que se ven alteradas/azuzadas por el ejemplo de su padre. El "calvario" de la exmujer, atada a un segundo marido en fase terminal de Alzheimer. Y la propia Maura, sensata y valiente, en un camino de autoaceptación y autodefensa que la lleva a la soledad. La dignidad que Tambor insufla a su personaje, lejos de cualquier histrionismo, es fundamental y no queda más que postrarse ante una interpretación brillantísima. Por último, no puedo dejar de destacar la banda sonora, con unos títulos de crédito maravillosos (¡esas fuentes!), que solo se ven alterados en el octavo episodio, el único que se desarrolla totalmente durante uno de los flashbacks que, en el resto de capítulos, se alternan con el presente. Un piano delicadísimo que se opone a los temas folk/pop con que se cierran los episodios.


La serie nos hace reir y nos hace pensar. Pero sobre todo, sobre todo, nos hace sentir. Y eso es muy bueno. Quién nos iba a decir años atrás que la ¿televisión? sería esto... Si Amazon ya me tenía ganada con los libros, ahora ya no tengo excusa para seguir viendo series. Y si en algún momento pudimos pensar que la serie podía tener poco recorrido, el camino de autodescubrimiento de los personajes y las cuestiones que se plantean de cara a una segunda temporada, con esa incómodisima escena final, resultan de lo más prometedores. Me quedo con muchas ganas de saber más de los Pfeffermann.