martes, 3 de marzo de 2015

Borgen: todo por ¿la patria?



Hace ya algunos años, ante mi incapacidad de comprender algunas actitudes que se daban a mi alrededor, una amiga muy querida (y un poco cínica) me venía a decir algo así como "hay muy pocas cosas que muevan a los hombres, básicamente tres: sexo, dinero y poder".


Yo, que oscilo peligrosamente entre el cinismo y la candidez, sigo pensando que no, que las personas buscamos otras cosas. Pero series como Borgen parecen empeñarse en dar la razón a mi amiga. Y seguro que ella me diría ago así como "¿ves? si yo siempre digo la verdad"...


Empecemos por lo básico: Borgen (que vendría a traducirse como "el castillo") toma su título del nombre oficioso que se le da al palacio de Christianborg, sede de los tres poderes en la capital danesa. 


Allí es donde se desarrolla casi toda la trama de la serie, que arranca cuando Birgitte Nyborg (con una interpretación adulta y contenida de Sidse Babett Knudsen), líder del partido De Moderate asume el cargo de primera ministra, rompiendo con el bipartidismo en una coalición con la izquierda y los verdes. A lo largo de la primera temporada vemos cómo se desarrollan los juegos de poder entre los representantes de los distintos partidos. Al mismo tiempo, somos testigos del papel que desempeña la prensa, representada por el canal TV1. Tanto los partidos como el canal son ficticios, pero se basan en la realidad del país nórdico.


En ambos frentes, lo profesional afecta a lo personal más de lo que hubiéramos podido imaginar. Y ahí reside gran parte del interés de la serie. Desde una austeridad casi fría, vemos relaciones que se crean y se destruyen. Amistades y carreras profesionales que evolucionan, no necesariamente para bien. Personas que, casi de forma inconsciente, utilizan a los demás. ¿Por un bien superior? ¿Acaso hay algo superior que la propia persona? ¿El qué? ¿El bien común? ¿La verdad? ¿Qué verdad?


La primera ministra evoluciona y eso afecta a su familia y a sus relaciones con los demás. La Birgitte que nos sorprende con su entereza en los primeros episodios no es la misma que vemos proponer un pacto a su marido en la final de temporada. El poder (ya sea político o mediático) ejerce un atractivo casi incomprensible, que se lleva por delante ideales, amistades y, si te descuidas, hasta la salud. Toda naturalidad desaparece, cada palabra y cada movimiento están perfectamente medidos en su efecto y en su alcance para, según el caso, generar la simpatía del votante. O para minimizar los daños.


Otra cosa que sorprende y supongo que esto se debe a nuestra propia realidad española es el respeto que demuestran al servicio público. Eso hace que se enfrentan a algunos problemas con una seriedad que a nosotros, cuando menos, nos sorprende. Como española, resulta increíble que el uso de la tarjeta oficial para un pago puntual pueda costarle el cargo a un político. También parece poco verosímil que alguien se plantee renunciar a un puesto en la empresa privada porque choque con los intereses políticos de su pareja.


También resulta muy interesante ver qué tiene que decir la serie sobre el papel de la mujer. No en vano, dos de sus principales protagonistas son la propia primera ministra y la joven y ambiciosa Katrine Fønsmark (Birgitte Hjort Sørensen), presentadora y entrevistadora el canal TV1. Ambas tienen que abrirse camino en un entorno predominantemente masculino (y así se refleja, sobre todo, en el vestuario de la propia Birgitte). Mientras veía la serie no podía dejar de preguntarme si el conflicto de conciliación familiar que se le plantea a la señora Nyborg habría sido igual y se habría resuelto de la misma forma si fuera su marido quien hubiera llegado a las más altas cotas de poder. Sinceramente, creo que no. Y resulta doloroso que en un país tan avanzado como Dinamarca sigan funcionando así las cosas (¡qué difícil no plagar esto de spoilers!). Sin embargo, también es de agradecer que la serie sea mucho más que la historia de una "mujer política".


Acabada la primera temporada, me alegro de haber dado una oportunidad a la serie. Después de las recomendaciones, las expectativas estaban tan altas que era difícil que se alcanzaran. Pero hay que reconocer que da ganas de leer sobre política y actualidad del país (¿incorporarán algunas de las noticias que se han visto últimamente en los medios internacionales?). Y de hecho, pese a todo el cinismo y la desolación que a menudo permea la serie, casi parece un entorno político "sano" (sano pero dentro de lo creíble, que esto no es The West Wing) y da ganas de volver a interesarse por la cosa pública. Qué lejos nos queda Dinamarca, ¿verdad?




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